jueves, 26 de octubre de 2017

Salida pelágica desde Santoña II.
Los verdaderos protagonistas de la salida fueron los alcatraces. Una ave excepcionalmente bella que nos deleitó con sus vuelos, pasadas y picados (muchos menos de los que hubiéramos deseado). Entre pardelas y gaviotas siempre aparecía un alcatraz.
Siempre los había visto de lejos, desde la costa, y cuando los ves más cerca te das cuenta de lo grandes que son. Su envergadura puede llegar a casi dos metros. Aparecen planeando. Se aproximan. Giran y, de repente, se lanzan en un picado asombroso, a una velocidad de vértigo, puede llegar a 100km/h, para atravesar la superficie del mar como una auténtico misil. Saliendo majestuosos y elegantes segundos después con su premio para iniciar una carrera sobre el agua que les permitirá remontar el vuelo nuevamente.
Dos curiosidades me surgieron mientras los veía desde el barco; la primera el nombre; la segunda, ¿cómo soportan el impacto con el agua a esa velocidad? Como he sido curioso desde pequeño me puse a investigar.
Sabía que su nombre provenía del árabe pero nada más; resulta que, efectivamente, proviene del árabe hispano pero hay varias posibilidades. La partícula “al” significa “el”o “la” y qatras "caminar arrogante", con lo cual sería: “el que camina arrogante” (según la DRAE). Pero hay una segunda opción, que venga de al-gattas que significa “el zambullidor” (según American Heritage). Como no hay dos sin tres tenemos una tercera posibilidad, según el diccionario Webster, proviene de al-gadus, “el portador de agua”.
Los alcatraces seguían pasando. El movimiento era constante y la actividad frenética. Actividad que se vio sacudida por alguien que gritó: “¡Soplo a las nueve!”. Automáticamente todos buscamos en esa dirección. Allí estaba. Un pequeño soplo se veía en el agua…¡y una aleta! Eran delfines comunes.
La verdad es que no sé si nos acercamos nosotros o fueron ellos los que vinieron a vernos; el caso es que estuvieron un rato jugando alrededor del barco, tanto en los laterales como por debajo del casco. Parecía que se divertían; para ellos era como un juego, como cuando nuestros niños van al parque y se montan en un columpio o bajan por el tobogán.
“Están a babor”. “Ahora en proa”. Se movían de un lado para otro, saltaban o se giraban bajo el agua. Ellos disfrutaban de nosotros y nosotros de ellos. La familia de delfines comunes desapareció y continuamos con los alcatraces.
Es increíble como entran en el agua. Este pequeño misil tiene una adaptación perfecta de su cuerpo para poder pescar de esta forma. Cuerpo alargado, alas insertadas muy adelante para plegarlas a la entrada del agua, cola corta y patas palmeadas que utiliza dentro del agua para perseguir a los peces, pico fuerte y largo para captúrarlos, agujeros nasales y oídos que cierra para que no le entre agua; todo está adaptado para lanzarse en picado, introducirse en el agua y capturar a los peces, pero ¿cómo soportan el impacto con el agua a esa velocidad?
La naturaleza y la evolución son sorprendentes. Los alcatraces tienen debajo de la piel de su cara y del pecho unos sacos de aire que llenan cuando va a entrar en el agua amortiguando el impacto.
Seguían pasando cerca nuestro. Mostrándonos toda su belleza; da igual la edad que tengan, todos, desde los juveniles hasta los adultos (consiguen el plumaje de adulto a los cinco años) son increíblemente hermosos. En las siguientes fotografías se puede ver la evolución de su plumaje desde un juvenil nacido este año en cualquier lugar de Escocia hasta un adulto con su inmaculado plumaje.
Para alguien de interior estar en alta mar es un cúmulo de sensaciones que te embriagan, que te entran por los cuatro costados: el viento, el agua, el color, las olas…que duro debe de ser vivir y trabajar en el mar, duro y hermoso, peligroso y mágico, eso es el mar.
Pardela balear entre gaviotas.
Gaviota sombría.
Gaviota patiamarilla.
Las gaviotas continuaban en su lucha constante mientras las pardelas y alcatraces seguían apareciendo de vez en cuando. Algo sorprendente fue ver como una mariposa pasaba volando al lado del barco, ¡una mariposa! A unas 18 millas de la costa. No daba crédito a verla ahí.
Pequeños pajarillos volaban exhaustos en la inmensidad del mar; nos pasaron mosquiteros, alondras y bisbitas. Muchos de estos pajarillos llegan sin fuerzas a los acantilados de la costa desde donde una pareja de halcones los vigilan para caer sobre ellos, son comida fácil y rápida; así es la naturaleza cruel y hermosa a partes iguales, unos mueren y otros sobreviven.
Una solitaria alca común flotaba en la lejanía mientras un grupo de ánades silbones volaban en dirección a la costa. Dimos la vuelta. Volvíamos a tierra. El movimiento comenzó a decaer pero las gaviotas y alcatraces seguían apareciendo mientras gaviones y pardelas no dejaban de visitarnos esporádicamente.
Mirando las fotos de los alcatraces me surgió otra curiosidad sobre ellos: las líneas de las patas, ¿qué significaban?
Esas finas líneas que tienen en pata y pie marca la diferencia entre ver un macho o una hembra, así, si son líneas de color verde azulado es una hembra, por el contrario, si es verde amarillenta es un macho. Realmente curioso.
Cruzamos, nuevamente, junto a los acantilados del monte Buciero desde donde un halcón, apostado en un árbol seco, nos observaba expectante esperando a uno de esos pequeños pajarillos que llegan a la costa sin fuerzas. Llegamos al muelle. Nos despedimos y volví a casa con la mente llena de imágenes, sensaciones y recuerdos que nunca olvidaré. Fue mi primera salida pelágica y, espero, que no sea la última.

jueves, 19 de octubre de 2017

Salida pelágica desde Santoña I.
La mañana amaneció espléndida y calurosa; el sol se levantaba por el horizonte asomando rojizo y majestuoso. Unos pescadores colocaban sus aparejos y diferentes grupos de cormoranes moñudos y garcillas bueyeras pasaban volando mientras esperaba la hora de partida. Poco a poco empezaron a aparecer más integrantes de la salida organizada por Aves cantábricas desde Santoña. 
Llegó el  momento de zarpar. Mis ganas e ilusión se multiplicaban exponencialmente  ya que nunca había realizado una salida pelágica en busca de las aves del mar; para alguien de  interior, el mar es algo inigualable, fantástico, mítico, es un mundo fascinante y desconocido que asombra en cada instante, en cada ola, en cada ave, en cada color y que provoca un enorme respeto.
El barco comenzó a surcar la bahía entre las magníficas explicaciones de Alejandro García mientras varios grupos de cormoranes moñudos nos pasaban relativamente cerca o nos miraban desde los acantilados del monte Buciero que envolvían majestuosamente al espectacular faro del Caballo.

Salimos a mar abierto. La calma era relativa. La gente iba sentada, expectante, mirando a su alrededor, esperando que alguien diera la voz de alarma sobre alguna ave que se aproximara o se viera en la lejanía. La calma se rompió cuando se empezaron a oir voces de: ”Pardela sombría a las tres”. “Alcatraz en proa”. La tranquilidad se convirtió en una búsqueda de lo anunciado; prismáticos y cámaras buscaban el objetivo y así comenzaron a aparecer los habitantes de esta inmensidad tan inquietante como embriagadora, el mar.
Las gaviotas comenzaron a llegar en gran número. Se acercaban. Volaban a tu lado o se tiraban al agua en busca de un trozo de comida en un frenesí constante.
Entre las gaviotas las más abundantes eran las patiamarillas, algo que me llamó la atención es que había muy pocas adultas, la mayoría eran jóvenes o de primer y segundo año que se lanzaban frenéticas al agua buscando una recompensa.
Entre ellas comenzaron a aparecer otras gaviotas que también buscaban alimento; algunos ejemplares de  argéntea, tridáctila, cabecinegra, sombría y varios gaviones atlánticos se mezclaban con las patiamarillas que luchaban por el tesoro que les caía del barco.
Especial ilusión me hizo ver alguna gaviota argénteas y tridáctila; especies que no puedo ver, que ansío y espero que alguna vez aparezcan por mi tierra. Las dos son preciosas.
Gaviota cabecinegra.
Las cabecinegras también esperaban su oportunidad mientras algunas gaviotas sombrías, me llamó mucho la atención el color tan negro que tenían, se dejaban ver volando o posadas en el agua.
En este maremagnun de gaviotas siempre había una voz que chillaba: “Pardela…”; el movimiento y la expectación eran máximos. Pudimos ver pardela sombría, balear, capirotada y pichoneta. Nunca las había visto. Son pequeños misiles que se mueven a ras de agua en la inmensidad del océano planeando para realizar un mínimo esfuerzo pero abarcando enormes distancias en sus movimientos y migraciones por el océano.
Pardela balear.
Vimos un buen número de ellas, destacando las pardelas baleares. Especie incluida como “En peligro crítico” en el Libro Rojo de las Aves de España y “en peligro de extinción” en el Catálogo Nacional de Especies Amenazadas, siendo el ave más amenazada de Europa. Esta pardela balear es la única ave marina endémica de España; cría en las Islas Baleares (de ahí su nombre) desde donde se mueve hasta el mar Cantábrico.
Pardelas baleares.
Entre las pardelas, la más abundante, era la pardela sombría que pasaba volando a gran velocidad a nuestro alrededor. Pardela que recorre mas de 10.000 km en sus migraciones desde el sur del Océano Atlántico hasta el mar Cantábrico. Si esa distancia la recorre todos los años dos veces…¿Cuántos kilómetros puede recorrer en su vida? Es verdaderamente increíble que una de estas pardelas recorra esas distancias.
Pardelas sombrías.
Si la circunferencia de la Tierra, en el ecuador, tiene 40.066 km esta pequeña ave, cada dos años, recorre una distancia igual a la circunferencia de la tierra; si la distancia a la Luna son algo más de 384.000 km, en 18 años ya la habría recorrido y, si como está demostrado, son aves muy longevas que pueden vivir más de 50 años como sucedió con una anillada en la Isla de Copeland (Irlanda del Norte) en 1953 (con mínimo 5 años) y recuperada en julio de 2003 con 55 años de vida, habría recorrido mas de 1.100.000 km…una auténtica barbaridad…increíble y todo esto sin contar lo que se pueda mover diariamente.
La actividad era frenética a nuestro alrededor que si a mirar por babor, por estribor, para arriba, para abajo; las aves aparecían por todos lados. Otras pardelas que pudimos ver fueron las pardelas pichonetas que crían en nuestro país solamente en las islas de Tenerife y La Palma pero que en sus migración también nos visitan; al igual que las capirotadas que volaron muy cerca del barco mostrándonos toda su belleza.
Pardelas capirotadas.
El tiempo pasaba a una velocidad de vértigo; las gaviotas continuaban su búsqueda incesante de cualquier resto que pudiera caer al agua y, entre ellas, aparecieron varias anilladas. Desde el propio barco pude distinguir dos patiamarillas, las dos con anilla verde y dígitos blancos: PHXY y PHZH. Curiosamente esta segunda la había visto el día anterior en el puerto de Santoña.
En la foto anterior y en esta la misma gaviota.
Una en alta mar y la otra, el día anterior, en el puerto de Santoña.
Las dos están anilladas en Tarragona (todavía no se nada más de ellas) y, seguramente, hayan llegado hasta aquí a través del río Ebro. Si estas dos las pude ver en directo otras dos las descubrí en las fotografías pero ninguna la pude leer. Una cabecinegra anillada con anilla de metal y otra con anilla roja en la tibia procedente de Holanda; la pena fue no darme cuenta en plena salida para intentar hacerles fotos, de tal manera que se pudiera leer, cuanto menos, la de la anilla roja. 
La majestuosidad de un alcatraz adulto.
La mañana avanzaba sin darte cuenta; aves, mar y gente con la que entablar una agradable conversación como Ernesto Villodas, al cual quiero agradecer toda la información y ayuda que me brindó en la visita a su tierra. 
Había pasado más de media mañana pero los avistamientos continuaron y, entre ellos, el verdadero protagonista de la mañana, el alcatraz, un ave bella y majestuosa que hizo las delicias de todos los que íbamos en el barco pero... eso, será otra historia.

lunes, 9 de octubre de 2017

El pelo del jabalí.
Cuando alguien me pregunta: “¿Cuál es el animal que menos te gusta encontrar de cerca en el campo?”. No lo dudo y contesto: el jabalí. Es un animal fuerte, robusto con aspecto de pequeño tanque con el que he tenido encuentros muy curiosos, sorprendentes e incluso algún que otro susto.
Es curioso que después de seis años de historia de este blog nunca haya dedicado una entrada al jabalí, creo que va siendo hora.
El jabalí es compacto; de cuello grueso, patas cortas y aspecto redondo. Es matriarcal, moviéndose en pequeños grupos familiares que se desplazan por un territorio, fundamentalmente de noche. Se adapta a cualquier tipo de terreno y clima, alimentándose de todo lo que puede encontrar. Come absolutamente de todo, no hace desprecio a nada y cría con bastante éxito; con lo cual es un animal que prospera sin dificultad.
Me gustaría hablar de ciertas curiosidades de este animal que, quizás, sean poco conocidas o que cuanto menos resulten interesantes. Una de ellas es relativa a las diferentes utilidades que se le han dado a su pelo, también llamado cerda.
Este pelo resulta imponente verlo cuando el animal se siente amenazado o asustado y se eriza desde el hocico hasta la cola pasando por toda la espalada. Momento en el que, si estás relativamente cerca, debes de iniciar una retirada silenciosa y prudente; como me dejó patente esta hembra (de las siguientes fotografías) que iba con sus rayones cuando nos encontramos por pura casualidad.
El pelo de jabalí es grueso y fuerte siendo utilizado, durante cientos de años, en la fabricación de ciertos utensilios muy comunes que quizás sorprenda a más de uno.
Mi abuelo era un hombre del renacimiento. Era ebanista pero era curioso, activo, dinámico, trabajador que tocada diferentes instrumentos, pintaba al óleo o fabricaba anillos, pulseras o colgantes y siempre te contaba algo que te tenía los ojos abiertos como platos. Algo como cuando me comentó, siendo yo bastante pequeño, mientras se afeitaba en camiseta de tirante blanca, que las mejores brochas de afeitar y pinceles eran de cerdas de jabalí. Me quedó grabado y no se me olvidó en la vida. Siempre que veía su brocha de afeitar o la de mi padre recordaba de qué estaban hechas.
Las brochas de afeitar surgieron a mediados del siglo XVIII en Francia y en el s.XIX se convirtieron en un rango de estatus social ya que los hombres podían afeitarse en casa y según tuvieran un status más alto, más cara debía de ser su brocha de afeitar; así las más caras eran de pelo de tejón y, las más baratas, eran de pelo de jabalí.
Estas brochas de pelo de jabalí eran adquiridas por la mayoría de la población que las estuvo utilizando hasta la aparición de materiales sintéticos (más baratos) en los años 30 del s.XX; actualmente está prohibida la caza del tejón y, para la fabricación de esas brochas más caras, se importa el pelo de tejón, fundamentalmente de China, donde se pueden matar sin límite.
De China se trajo, en el s.XVIII el cepillo de dietnes. Cepillo que también estaba fabricado con cerdas de jabalí. Cepillo utilizado hasta que en el s. XVIII se fueron sustituyendo por crines de caballo y, al igual que la brocha de afeitar, con la llegada de materiales sintéticos se cambiaron por estos nuevos materiales.
El pelo de jabalí se utilizó no sólo para cepillos de dientes, brochas de afeitar y pinceles sino que también para cepillos del pelo. Cepillos que, durante muchos años, se consideraron los de mejor calidad.
Precisamente por el pelo se diferencia las dos subespecies de jabalí que tenemos en la península ibérica. En la parte central y norte de la península se encuentra el Sus scrofa castilianus, o sea, el que tenemos en la provincia de Zamora (todas las fotos anteriores son de esta subespecie) y, en la parte sur, se encuentra el Sus scrofa baeticus. Su diferencia fundamental es que el primero tiene un pelaje formado por borra y cerdas mientras que el segundo solamente tiene cerdas. Las siguientes fotografías son todas de la subespecie baeticus.
Por línea general la subespecie castilianus es más grande y más clara que la baeticus que suele ser de menor tamaño y pelaje más oscuro, desde el gris hasta el negro.
Precisamente de esta subespecie baeticus con cerdo doméstico es el híbrido de la fotografía anterior que pude fotografiar en el Parque Nacional de Doñana que también está erizado, con todas las cerdas de la espalda de punta; señal inequívoca que debes de marcharte sin demora.