martes, 19 de septiembre de 2017

¡Una espátula de 29 años!
Mi cara de sorpresa fue mayúscula cuando al abrir el email comprobé la fecha de anillamiento de la espátula…25 de marzo de 1988. Tuve que verlo varias veces porque no daba crédito. ¡Tenía algo más de 29 años! Este era el final, pero la historia para llegar hasta aquí, ha sido larga y muy curiosa.
Todo comenzó una preciosa mañana de abril, más concretamente el día 21, viernes, día que entraba un poco más tarde a trabajar así es que decidí amanecer en las Lagunas de Villafáfila para después continuar hasta mi lugar de trabajo. Fue un gran día de espátulas porque pude ver 59 en total: 36 en Villarrín y 23 en la Salina Grande. Mi primer punto de observación fue La Laguna de San Pedro (Villarrín) donde había dos grupos de espátulas.
36 espátulas en total; en dos grupos de 17 y 19 ejemplares cada uno. En el primer grupo había dos anilladas y en el segundo otras dos. Solamente me dio tiempo a ver las dos anilladas del grupo de 17 porque las otras volaron en seguida con lo cual me centré en esas dos que me estaban dando algo más tiempo para intentar leerlas.
Una la leí sin problemas: NfGP/aNP; pasados un par de días recibí su historial. Fue anillada el 11-6-2015 en Holanda por Leon Kelder y esta era su primera observación fuera de Holanda.
La otra espátula anillada era rara, bueno, más bien fue un auténtico quebradero de cabeza porque el color de su anilla de PVC era naranja oscura o rojo desgastado y sus dígitos negros.
¿Qué color era? ¿Habría algún proyecto con naranja o rojo con dígitos negros? La búsqueda de donde podría ser comenzó ese mismo día. Después de consultar a varios expertos y anilladores, las anillas rojas tenían que tener los dígitos blancos y esta los tenía negros así es que no podría ser, ¿o si? ¿y si eran blancos y estaban sucios? Por lo que mandé un email a un proyecto italiano que tenía esas características. ¿Y si fuera naranja? Esta me decían que no existía con lo cual el lío era total.
Pasadas varias semanas recibí contestación del proyecto italiano diciéndome que esa anilla no era de ninguno de sus proyectos con lo cual se me acabaron las opciones y la dejé por imposible.
La historia continuó el 20 de agosto. Junto con mis amigos Ernesto e Hipólito Hernández, en Puebla de Sanabria pude ver otra espátula anillada: RJP
Su anilla era blanca con dígitos negros y estaba anillada en Doñana pero el anillador no había metido ningún dato, con lo cual, no hay nada de ella pero, lo que me abrió los ojos, fue la charla que tuvimos sobre el color de la anilla. Viéndola en directo parecía blanca pero no se veía blanca ya que tenía un color hueso-amarillento-anaranjado que nos hacía dudar pero tenía que ser blanca.
A las dos semanas de verla me vino a la mente la espátula que había visto en abril con la anilla naranja oscura o rojo descolorido; ¿y si era blanca? ¿Y si era blanca y estaba tan manchada y desgastada que se veía de ese color? Inmediatamente introduje los datos en la página de la Estación Biológica de Doñana (EBD) y…bingo. ¡Apareció! Estaba registrada.
Mientras tanto, hablé con J.M. San Román (al cual le agradezco enormemente todas sus gestiones y consejos), amigo y anillador del Grupo Ibérico de Anillamiento (GIA) para contarle la nueva posibilidad. Le mandé las fotos, nuevamente, para ver que opinaba sobre la posibilidad de que pudiera ser blanca y él, a su vez, se las mandó a otro anillador de Doñana para que diera su opinión; confirmando el color blanco de la anilla ya que les había pasado lo mismo con otras.
Pasaron unos días y recibí el email con el que empecé esta entrada. La espátula con anilla blanca y dígitos negros: AB4 había sido anillada el 25 de marzo de 1988 en el Paraje Natural de las Marismas de Odiel (Huelva) con lo cual tenía 29 años y un mes. Algo realmente increíble. Una auténtica superviviente.
Como he comentado en otras ocasiones me gusta especialmente descubrir aves anilladas, leerlas, buscar su procedencia y saber algo de su historia. He podido descubrir historias muy curiosas, aves de más de más de 20 años pero nunca una de casi 30.
Su historial es muy curioso porque ha sido vista en quince ocasiones, todas en Huelva o Sevilla, hasta el año 2000 y, desde entonces, nada de nada hasta esta observación 17 años después aunque, no me extraña, ya que para poder leerla hay que tener mucha suerte (buena luz, cercanía,...) y, además, el color de la anilla es todo un problema porque decir que es blanca es toda una utopía.
¿Cuánto puede vivir una espátula? Fue la primera pregunta que me vino a la mente cuando vi su fecha de anillamiento.  Por lo visto, la edad media, está entre 15 y 20 años pero en muchas ocasiones llegan alrededor de los 25 y, en alguna ocasión, cerca de los 30. Da la tremenda casualidad que, por puro azar, descubrí que había otra espátula, con anilla blanca y dígitos negros.
Agradezco enormemente a Alberto Pastoriza su rápida contestación y
el prestarme sus fotos para esta entrada.
La AC1 que también había sido vista en mayo de este año en el Paraje Natural de las Marismas de Odiel (Huelva) ¡¡con 29 años!! (con la anilla perfectamente blanca) e, increíblemente, fue anillada el mismo día, el mismo año y en el mismo lugar que la que yo había visto en las Lagunas de Villafáfila, ¡increíble! Dos espátulas con casi 30 años anilladas el mismo día y en el mismo lugar. Dos auténticas supervivientes que nos vuelven a demostrar lo sorprendente y fascinante que es la naturaleza. Naturaleza que nunca dejará de sorprendernos.

sábado, 9 de septiembre de 2017

Los rascones (y sus vecinos) de la presa de San Miguel.
Sabía donde estaban. Los estaba oyendo moverse y emitir su grito típico pero no aparecían. Se movían como pequeños rayos entre los carrizos pero no había manera de poder verlos en condiciones. La familia de rascones vivía en la pequeña presa del río Castro. Días antes, Manolo Segura y Hipólito Hernández, dos grandes amantes de la naturaleza aparte de excelentes fotógrafos y, por supuesto, amigos, habían visto varios juveniles moverse entre los juncos.
El rascón europeo es difícil de ver. Es esquivo, huidizo y tímido que se escucha más que se ve. Es un pequeño fantasma que muy pocas veces sale fuera de la protección de los carrizos; eso era, precisamente, lo que estaba esperando escondido detrás de unos carrizos. Allí agachado, esperé.
Había varios rascones. Se oían en diferentes puntos y los había visto pasar entre los carrizos pero no salían. Amanecía y el sol iba iluminando lentamente el agua de la pequeña presa del río Castro. El sonido (más bien chillido) de los rascones se acercaba al borde de los juncos. Me puse tenso, levanté la cámara y espere. Asomó.
Allí estaba. Un rascón asomó cauteloso y lento entre los carrizos. Miraba de un lado para otro como cuando se va a cruzar una carretera. Allí estuvo unos segundos que se me hicieron interminables. ¿Saldría? ¿Volvería al interior del carrizal?
El rascón no se movió hasta que el sol lo iluminó con su suave luz naranja. Cuando la preciosa luz me mostró todos los colores del tímido rascón se comenzó a mover lentamente, con un infinito cuidado.
Avanzaba lentamente con sus delicadas patas levantándose por encima de la superficie. Miraba a todos los lados e introducía su cabeza dentro del agua. Comía. Estaba confiado y tranquilo.
Continuó avanzando hasta que salió totalmente al descubierto y pude apreciarlo en todo su esplendor. Su pico de color rojizo, su pecho grisáceo, su pequeña cola blanca y esos ojos intensos y despiertos de un fuerte color rojo que llaman poderosamente la atención cuando los ves de cerca.
Era un precioso adulto. Continuó avanzando. Comiendo. Se estiraba como cuando un sprinter llega a la ansiada meta. Se movía entre las hojas y el agua con una enorme delicadeza. Picoteaba la superficie o introducía la cabeza totalmente bajo la superficie. Otros rascones se oían en el carrizal. Había visto, en total, dos adultos y cuatro juveniles pero a este lo estaba disfrutando especialmente.
El rascón se movía tranquilamente hasta que se paró. Miró hacia arriba y, en un segundo, desapareció a una velocidad sorprendente en dirección a la seguridad de los carrizos. Una águila calzada sobrevolaba la laguna. Ese día no los volví a ver.
Uno de los jóvenes rascones fotografiados por Manuel Segura,
al cual le agradezco enormemente la foto para esta entrada.
Esta familia de rascones vive en un lugar peculiar. La presa de San Miguel en el río Castro, en Sanabria. Un lugar que tiene una enorme variedad de vida, una enorme biodiversidad. Un lugar en el que se pueden ver, entre otros: mirlo acuático, martín pescador, galápago europeo, cigüeña negra, garza real, nutria, rata de agua, carricerín común, ruiseñor bastardo, halcón abejero, alcotán, cigüeña blanca, carricero común, focha común, gallineta, zampullín común, andarríos chico, grande y bastardo, agachadiza común o chorlitejo grande y chico además de innumerables pajarillos, mariposas, anfibios, roedores, reptiles o libélulas. Las siguientes fotografías son una pequeña muestra de toda la vida que hay en la presa.
Martín pescador.
Mirlo acuático.
Galápago europeo.
   Rata de agua.
Andarríos grande.
Agachadiza común.
Preciosa fotografía de un archibebe claro realizada por Manuel Segura.
Carricerín común.
Fotografía de una nutria realizada por Hipólito Hernández,
al cual le agradezco enormemente cedérmela para esta entrada.
Garza real.
Zampullín común en primer término y rascón europeo al fondo.
Focha común.
Sin olvidarnos de todos los ciervos, corzos, zorros, jabalís y demás animales que acuden a sus orillas a beber, comer o bañarse. 
Un lugar especial que atesora una enorme biodiversidad de especies residentes o que simplemente estén en paso. Una pequeña presa preciosa con un amplio y diverso ecosistema en el que conviven cientos de especies tanto animales como vegetales que debemos valorar y respetar. Así es la presa de San Miguel en el río Castro.

lunes, 28 de agosto de 2017

¡Basta ya de fuegos!
-¿Qué es eso papá?
- Es el humo de un fuego. Se está quemando el bosque.
- ¿Por qué?
- Porque alguien muy, muy malo ha prendido fuego.
- ¿Y los animalitos? ¿Y los árboles? ¿Se van a quemar y ya no podemos velos? ¿Por qué papá?
Este fue el inicio de la conversación que mantuve con mi hija de 3 años el primer día que comenzó a arder La Cabrera y que veía la enorme columna de humo que subía más y más. No lo entendía. No entendía por qué alguien prende fuego al bosque, por qué es capaz de destruir todo lo que le rodea, por qué es capaz de eliminar de un plumazo flora, fauna…biodiversidad, por qué es capaz de poner en peligro a sus propios vecinos, a sus familiares, a la gente que trabaja en apagar lo que él prendió.
Sigo sin entenderlo. Han pasado varios días y se han quemado cerca de 10.000 hectáreas. El frente oeste fueron capaces de pararlo pero como no pasó para la provincia de Zamora, desde entonces han prendido en varios lugares más, hasta en el mismísimo corazón del Parque Natural del Lago de Sanabria; 10 focos ardían en el Cañón del Tera, diez focos que han arrasando un lugar privilegiado, hermoso, único…y todo por alguien al que todos conocen pero que nadie denuncia, alguien que le da igual lo que arda a su alrededor, alguien miserable y ruin que no entiendo por qué lo hace.
Zamora se quema. 14 incendios (12 intencionados) han arrasado y están arrasando nuestra provincia en la última semana; han prendido en San Ciprián de Sanabria, Cañón del Tera, Fermoselle, Figueruela de Arriba, Codesal …¿Qué van a decirles a sus vecinos? ¿Qué van a decirles a los que les conocen y les amparan? Les han hecho perder sus tierras, sus cultivos, sus pastos, sus bosques, su fauna, su flora…se ha perdido un medio de vida para ganaderos, agricultores, bares, restaurantes, casas rurales, gasolineras…toda la gente que acudía a hacer senderismo, a visitar sus bosques, a conocer sus pueblos ya no irá porque no queda nada…¿por qué no lo denuncian? De nada vale lamentarse. De nada vale opinar de lo malo o de lo peor…¡denunciarlo! 
Los que prenden no están muy lejos. Son personas que conocen bien la zona, que saben por donde andar de noche, en el monte, donde hacer más daño, donde provocar más peligro, cuando prender. Son inconscientes, lunáticos, descerebrados, gente sin escrúpulos que lo único que quieren hacer el mayor daño posible.
¿Qué buscan la persona o personas que queman? ¿Qué? Es verdaderamente inexplicable. Es desalentador ver hectáreas y hectáreas abrasadas por el fuego. Una enorme biodiversidad paisajística perdida, aparte de los perjuicios sociales y económicos que provocará, sin olvidarnos del riesgo para poblaciones y todos los hombres y mujeres que luchan por apagar la locura de un necio.
El que quema no quiere a su tierra, no la ama, vela muy poco por ella. Su acción es un atentado contra la naturaleza. Un atentado social, económico y ecológico que tardará mucho tiempo en subsanarse; el que lo ha provocado, el que ha prendido, es un criminal sobre el que debería de caer todo el peso de la ley, lo que sucede es que es muy difícil encontrar pruebas para incriminarlo. Este tema me desespera, me cabrea y me enerva aparte de la enorme impotencia de ver arder el monte.
Quiero dar las gracias a todas esas personas anónimas que trabajan jugándose la vida por apagar unas llamas que un sinvergüenza prendió. Gracias a esos héroes anónimos de los que, por desgracia, nunca se habla y que merecen todo nuestro respeto y admiración porque hay que tener mucha sangre fría para meterse en un fuego en medio del monte.
Quiero poner nombres a estas personas, personas que se juegan la vida, personas como José Luís, Poli, Manolo, Chús y tantos otros que lo pasan realmente mal en un incendio, que se queman las manos, las pestañas o el alma por apagar lo que un descerebrado prendió. 
Esas personas que van en helicópteros o aviones, corren por el fuego cargados soportando enormes temperaturas, toman decisiones o caen exhaustos después de horas y horas sin casi descansar. Esas personas son las que apagan las llamas que devoran sin compasión todo lo que hay a su paso y que un lunático prendió. Gracias y ánimo.
Sigue ardiendo. El monte se sigue quemando. ¿Por qué? Me pregunta mi hija. ¿Por qué? No hay una respuesta lógica. No hay nada que conteste a esa pregunta. Se puede hablar de diferentes causas, de diferentes maneras de pensar pero al final no hay explicación. Qué difícil es cambiar una mentalidad.
Qué difícil es cambiar la mentalidad del que prende. Como he dicho en muchas ocasiones la educación ambiental es importantísima, la prevención y la concienciación en los niños es básica porque ellos son el futuro. Eduquémosles. Que entiendan. Que conozcan. Que respeten y que amen la naturaleza. Dependemos de ella. 

martes, 22 de agosto de 2017

Mis primeros gaviones atlánticos.
He pasado unos días en Gijón, en la playa, en el mar. Para alguien de tierra adentro ir al mar siempre es algo muy especial, diferente. Es un conjunto de sensaciones, de olores, de sabores, de sentimientos; es una mezcla en la cual puedes compaginar paseos al amanecer por la playa con una playa más familiar a lo largo del día y, en uno de esos paseos, descubrí mis primeros gaviones atlánticos de los que soy consciente, me explico, hasta hace relativamente poco tiempo le hacía el mínimo caso a las gaviotas, eran simplemente esas aves que te encuentras en el mar cuando vas pero, desde hace un par de años, me estoy fijando en ellas y poco a poco voy descubriendo un mundo realmente complicado, más para alguien de interior que solamente ve ciertas especies de gaviotas en el vertedero, en el río Duero o en las Lagunas de Villafáfila.
En la época veraniega en la que nos encontramos las gaviotas que he podido ver han sido las residentes en la zona, con pocas más que ya han comenzado a venir en su movimiento postnupcial. Así, las más abundantes, por abrumadora mayoría han sido las patiamarillas.
Las he podido ver de todas la posibles edades con sus diferentes plumajes que conformaban una excelente guía de cómo va cambiando esta gaviota en sus primeros cuatro años de vida hasta llegar a ser un elegante adulto.
Algo que me llamó poderosamente la atención cuando empecé a preocuparme un poco más por las gaviotas fue el conocer que tenían diferentes estados por los que pasar hasta llegar a ser un ejemplar adulto, dependiendo de la especie de gaviota que sea: dos, tres o cuatro años con plumajes diferentes…una auténtica y hermosa locura (más para un novato como yo).
Entre los grupos de gaviotas pude encontrar varias anilladas. 5 patiamarillas  y 1 sombría. Todas las patiamarillas fueron anilladas en Asturias por el Grupo Ornitológico Mavea (gracias a  Isolino Pérez por la rapidez y amabilidad en las contestaciones). Eran de diferentes edades, siendo la mayor un ejemplar de cuarto año anillada en el Puerto del Musel (Gijón) el 23 de junio de 2014, con anilla negra y dígitos blancos: AK7D
La sombría solamente tenía anilla metálica; anilla que me costó leer pero, al final, lo conseguí. Provenía de Bélgica y estoy esperando su historial.
Gaviota reidora juvenil.
Después de las patiamarillas las siguientes en número fueron las reidoras, luego las preciosas cabecinegras y, por último, las sombrías. Sin olvidarme de algunos charranes patinegros y, por supuesto, los gaviones atlánticos.
Gaviota cabecinegra juvenil.
Gaviota cabecinegra.
Gaviota reidora, joven y adulto de charrán patinegro.
Joven de charrán patinegro.
La mañana estaba revuelta, y quizás por eso pude encontrarme con ellos. El día estaba nublado y llovía intermitentemente, con lo cual la playa estaba casi desierta. Solamente un par de osados bañistas que todos los días, haga como haga, se meten en el mar y algún esforzado corredor eran mis compañeros de playa, con lo cual, la zona en la que se ponían las gaviotas, estaba muy pero que muy tranquila, sin que nadie hiciera la gracia de ir corriendo a asustarlas para que levantasen el vuelo (mira que no lo entiendo…te ven haciendo una foto o mirando el grupo de gaviotas con los prismáticos y tienen que pasar por delante de tus narices…anda que no hay playa).
Según me acercaba, unas gaviotas enormes llamaron poderosamente mi atención. Eran como gigantes que destacaban entre el resto; es como cuando hay un grupo de personas y, entre ellas, aparece un equipo de baloncesto.
Gavión atlántico de segundo año en primer término y adulto al final.
Entre ellos dos patiamarillas.
Es una gaviota de gran envergadura (hasta 1,7 m), fuerte y robusta (unos 1,8 kg) propia del norte del océano Atlántico que destacaba por encima de las patiamarillas y no digamos de las reidoras. Me acerqué con mucho cuidado, no quería que se marcharan, había que aprovechar el momento.
Gavión atlántico adulto.
Había cuatro ejemplares, 3 adultos y un segundo año (gracias Miguel Rodríguez por tu inestimable ayuda en todas las preguntas, dudas o cuestiones con las que te puedo bombardear y tan amablemente me contestas). Eran imponentes. Grandes. Fuertes. De cuellos poderosos y fuertes patas rosadas que miraban altivos lo que sucedía en la playa.
Gavión atlántico de segundo año.
Me acerqué un poco más. Los contemplé detenidamente. Eran imponentes. Nunca había visto uno pero desde este momento no se me olvidaría esta enorme y hermosa gaviota que cada vez se va viendo más en las costas españolas, sobre todo en la cornisa cantábrica y Galicia aunque ya se ha visto en el interior como en Madrid (primera cita en 2008) o en Salamanca (descubierta el 7 de enero de 2015 por Miguel Rodríguez Esteban). 
Al poco tiempo levantaron el vuelo y se fueron mar adentro. Acababa de ver mis primeros gaviones atlánticos.